¡Vampiros!
Me gustaría que este post, señoras y señores, sirva como pequeño homenaje a dos de los verdaderos forjadores de uno de los mitos fantásticos más escuchado por la plebe y degustado por los exquisitos paladares de los apasionados del terror. Me refiero, como algún avispado hijo de Van Helsing ya podrá haber imaginado, al vampiro.
- En 1725, en la aldea de Kisilova, Slavia, se produjo la muerte de diez vecinos en el transcurso de dos semanas, en todos los casos tras sufrir una breve enfermedad. En su agonía, los hombres supuestamente habían reconocido la visita del primero de los muertos, el campesino Pedro Plogojowitz, que según su viuda efectivamente había vuelto días después de ser enterrado.
El 10 de septiembre de ese año un grupo de ciudadanos solicitó permiso al comandante para exhumar y quemar el cadáver; apareció intacto, con un aspecto sonrosado y la boca llena de sangre fresca. Un palo de fresno afilado se clavó en las costillas del cuerpo de Plogojowitz hasta alcanzar y hendir el corazón, quemándose luego el cadáver.
Este caso fue objeto de un informe oficial alemán, seguido de cerca por el emperador austriaco Carlos VI, así como Luis XV, que encargó un informe detallado al mismísimo cardenal Richelieu. Según el profesor Antoine Faivre, en este documento apareció por primera vez escrito el término vampiro, escrito vanpir. - El caso de Arnold Paole, más si cabe que el de Plogojowitz, tuvo una gran repercusión. Este soldado serbio aseguró que mientras estuvo destinado en Gosswa, fue atacado por un vampiro. La gente de esa zona creía que la única manera de librarse de la influencia vampírica era comer algo de tierra de su tumba y rociarse de la sangre del vampiro. Paole sostenía haber practicado el rito. Aparentemente el método funcionó y Paole pudo regresar a su hogar en 1727; Sin embargo murió al poco tiempo de una caída desde gran altura. Al poco tiempo de morir Paole, empezaron a circular rumores acerca de ataques nocturnos y en poco tiempo 4 personas del pueblo murieron repentinamente.
Se formó un grupo de dos oficiales militares, dos cirujanos del ejército, y un sacerdote de la iglesia local para investigar en la tumba de Paole -tan sólo con imaginar la escena ya me relamo: todos en círculo frente a la tumba recién cavada, apenas pudiendo sostener los candiles de puro terror-. Cuando el grupo exhumó el cuerpo, encontraron el cadáver fresco. No había descomposición del cuerpo de ningún tipo, y de hecho la vieja piel y uñas se había caído, y habían crecido nuevos para en su lugar. La sangre fresca fluía de sus orificios corporales. Cuando un miembro del grupo clavó una estaca en el cuerpo, gritó y la sangre fresca brotó de la herida. La decisión póstuma fue la de arrojar ajo alrededor del restos de Paole. Se hizo lo mismo con cada uno de los sepulcros de sus víctimas.
El informe -titulado Visum et Repertum- fue rubricado por médicos y diversos oficiales y enviado al consejo militar de Belgrado. Al año siguiente (1732) ya era pasto de las publicaciones más notorias de la época, dando paso a que se derramasen ríos de tinta en toda Europa. Le Glaneur, revista francoholandesa muy leída en Versalles, y el London Journal del 11 de marzo desgranaron el caso y lo expusieron al público con todo lujo de detalles.
Ambos casos, y oros similares, inspiraron en Occidente una serie de tratados y de “disertaciones” sobre la cuestión del vampirismo, y provocaron innumerables discusiones y controversias en los círculos literarios y en las universidades.
Es lógico el impresionante interés que suscitan estos relatos en la época actual; el hecho de comprobar cómo una sociedad entera o al menos grande estratos de ella, sumergida en pleno Siglo de las Luces, era capaz ya no sólo de creer en vampiros y demás criaturas mefistofélicas de la noche, sino de “burocratizar” el asunto. Ciencia y progreso codeándose con fantasía y el más puro terror sobrenatural, consiguiendo, además, el respaldo de las clases dirigentes y de las propias leyes. ¿No es ésta la base de la literatura y el cine de terror de época que tanto nos apasiona? ¡Dios mío, permíteme viajar una sola noche en el tiempo, situarme entre la comisión encargada de la destrucción del pobre Paole y sumergirme en la sugestión colectiva que se experimentó en el momento de la exhumación de su cuerpo!Ah, amig@s, siempre me he preguntado cómo sería la sensación de creer realmente en vampiros, zombis… o cualquier otra criatura que pueble la cosmología fanta-terrorífica. Presupongo que no me gustaría verme en esa circunstancia, pero… ¿no sería una sensación intensísima merecedora de ser experimentada? ¿no es mejor un mundo poblado por un folklore demasiado real que otro vulgarizado y aplanado por la gran máquina apisonadora de la cultura de masas actual? Supongo que ésa es la razón por la que juego al rol o consumo cualquier obra de ficción que consiga trasladarme eficientemente a situaciones similares a los escalofriantes episodios relatados ahí arriba, entre otras muchas.
Si hay en el mundo una historia bien documentada es la de los vampiros. No falta nada: testimonios orales, relatos de personas respetables, de cirujanos, sacerdotes y magistrados. Después de todo, ¿quién no querría creer en los vampiros?
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)
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