El Proceso
5 de Mayo, 2007
Aviso a navegantes que hayan llegado aquí buscando información de Kafka o explicaciones sobre la obra en cuestión: esta entrada no es un análisis exhaustivo de la misma, ni siquiera puede aproximarse a ello, ni yo soy un experto en el autor, aunque desde luego interés no falta para indagar hasta donde se pueda.
El reciente descubrimiento en Almería de un viejo tomo de obras completas al que ya hinqué el diente en mi adolescencia y que lamentablemente desestimé en el momento (seguramente en favor de algún compendio de relatos terroríficos) me dio la oportunidad de redimirme. Nada menos que El Proceso ha caído en el lapso de apenas 2 días.
Previamente, durante el penoso trayecto en tren hacia allá, leí un par de estúpidos cuentecillos de Rudyard Kipling y releí los alucinantes relatos de M.P. Shiel, a los que pretendo dedicar una entrada con todos los honores, pero nada ni medio cercano a estos niveles. Vaya shock, amigos.
El planteamiento inmediatamente asimilable, y el que uds. verán como sinopsis en infinidad de lugares es el siguiente: un importante empleado de banco es objeto de un proceso judicial del que no conoce nada, ni las causas ni el posible desenlace. De esta manera se ve inmerso en una espiral burocrática que parece no tener fin ni significado.
Pero es tal el cúmulo de lecturas y relecturas de cada personaje o situación, en las que el absurdo y lo patético cobran una especie de enrarecido sentido dando pie a todo tipo de conjeturas psicológicas, sociológicas e incluso teológicas, que sería una tarea extremadamente ardua para una humilde entrada.
No obstante sí puedo adelantar unas cuantas situaciones tragicómicas que seguramente queden grabadas en la memoria de cualquier mente avispada: juzgados casi clandestinos montados en miserables buhardillas de la periferia; abogados idolatrados como profetas ante los que pobres diablos se postran de manera más que humillante con la pretensión de obtener resultados de sus respectivos procesos; agentes castigados hasta la muerte en cuartuchos inmundos no por el hecho de delinquir al haberse excedido en sus funciones, sino por haber sido descubiertos y delatados; pintores, sacerdotes, muchachas preadolescentes… todos al servicio de la “justicia”; miseria, patetismo, absurdo, horror…
Y como colofón, un interesante análisis a la narración desde un prisma histórico (la situación de Kafka como judío y sus motivaciones para escribirlo) y político (marxista):
Leer a Kafka, por Enrique Lihn.
Dado que la absolución completa es sólo una leyenda entre los funcionarios, ¿qué prefieren uds.; la absolución aparente o la prórroga indefinida?
La Mujer de Negro es una historia sin grandes pretensiones escrita por Susan Hill en 1983. Desde entonces su paso por televisiones y teatros ha sido incesante, quizá debido al correcto manejo de tópicos del género aún hoy efectivos. Las comparaciones con Otra vuelta de tuerca (Henry James), La casa deshabitada (Charlotte Riddell), o ese par de geniales amiguetes de lo preternatural, los maestros E.F. Benson y M.R. James, son más que obvias, pero ¿quién puede resistirse a esa historia contada una y mil veces de ese hombre de leyes de ciudad enfrentándose a la Superstición, a las comunidades rurales con mucho que callar y esa atmósfera de pesadilla que avala ese desesperante hermetismo?
Dice Gómez de la Serna que cuando el diablo actúa como prestidigitador, saca murciélagos de la chistera. Más recientemente, Leopoldo María Panero escribe, en su libro Palabras de un asesino (Libertarias, 1999): “Nada por aquí, nada por allá, como dicen los magos cuando de su sombrero extraen la cabeza agusanada de un muerto.” Portentoso. Cierto que si en lugar de otorgar al fútbol culto de latría, dando cuenta de sus más insignificantes e inanes avatares, los medios de comunicación se dedicaran a seguir los pasos creativos de Panero -pero sin que meta cuchara Sánchez Dragó, por favor- no digo yo que el número de necios fuera a decrecer, pero sí que al menos los aficionados a las cabezas agusanadas y los murciélagos, que somos una minoría respetable, saldríamos del abandono en que yacemos. Mientras se produce el esperado giro hacia una revolución cultural de signo dulcemente tenebroso, he conseguido sin ningún problema que en un documental de la Feria Internacional del Mueble, figure el interiorismo de la película Nosferatu de Murnau (1922) como ejemplo de elegancia, pureza y refinamiento romántico. No me dirán que no es un éxito, además de una prueba de que no todo está perdido. Ahora trato de inducir a una conocida agencia de viajes, a diseñar un Crucero por la Estigia, y estoy haciendo un hueco a los estudiantes de Historia de la Cultura en el Cementerio Municipal, para que puedan realizar sus prácticas. No cejaré hasta conseguir que figure en el nuevo plan de estudios una optativa de Necrología y Funebria. Estas cosas requieren apoyo y compromiso, porque ni el Ministerio ni las Consejerías están dispuestos a reconocer que la muerte es ley de vida y hay que estudiar sus misterios.


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