Los residentes en la triste capital del Imperio hemos venido asistiendo a un bombardeo de publicidad con un único objetivo: justificar la especulación abusiva y camuflar hechos incontestables en perjuicio del contribuyente, como la exorbitante deuda de la ciudad.
Hasta ahí vale. Después de todo es lo mínimo que cabe de esperar de esta clase dirigente. Incluso paso por alto el DVD lavacerebros con el que nos obsequiaron (casa por casa, con el gasto mayúsculo y el despilfarro de materiales que eso supone), con alegres infantes jugueteando por parques que soterran ese monstruo llamado M-30. El problema, el auténtico insulto a mi inteligencia, vino cuando en un nuevo intento de que la ciudadanía aceptase y comprendiese sus impunes tejemanejes, quizá apremiados por el hecho de que la Unión Europea les está pisando los talones, nos endosan unas bellas estampas coloreadas del Madrid de principios de siglo con el lema que ilustra esta entrada insertado encima de manera grotesca.

¿Cómo es posible que se atrevan siquiera a denostar un entorno dominado por tranvías y coches de caballo, seguramente con un aire impoluto, sin horribles aglomeraciones y donde el peatón podía campar a sus anchas? ¿Es lo que tenemos el modelo a seguir? Obscenas cantidades de vehículos a motor escupiendo basura, muchedumbres amontonándose en cualquier lugar, ni un solo resquicio para circular medianamente cómodo o seguro en una bicicleta, horribles franquiciados yanquis por doquier… Por no hablar del evidente impacto estético, especialmente evidenciado en la instantánea de Cuatro Caminos, mi barrio y particularmente una de las plazas más feas que he visto jamás.

Arf, necesitaba este peculiar alegato anti-progreso urbano. Ya lo llevaba rumiando desde que vi la nauseabunda publicidad. ¡Váyanse ustedes al infierno! y no nos recuerden lo que han hecho con nuestras ciudades y espacios públicos, que algunos nos ponemos malos.